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Para ser razonablemente feliz.

Porque el transcurso de los años te demuestra que no es posible ser feliz durante todo el tiempo que vivimos -resultaría extenuante, por otra parte-, estos son mis consejos para disfrutar de la felicidad, de forma razonable, sin sentirnos extremadamente desdichados cuando sobreviene un golpe del destino, o -simplemente- la rutina del día a día:
-Mantener a raya el deseo de felicidad.- Aunque en principio parece una contradicción este consejo, tiene toda la razón. El deseo de algo (o de alguien) te ofusca y aturde. Te incapacita si es muy profundo. Te hace infeliz... De modo que cuidado con nuestros anhelos. Persigamos los sueños sin fijaciones enfermizas.
-Agradecer y centrarse en lo que se tiene y no lamentarse por lo que falta.- Por muy conscientes que en el fondo seamos de que tenemos una familia estupenda, una pareja increíble, unos hijos ejemplares, un sueldo que nos asegura lo básico y unas aficiones que nos permiten pasar muy buenos ratos, nos empeñamos en dejar todo esto a un lado y nos centramos en fijar la mirada en un próximo -y a veces inalcanzable- objetivo. Vivir queriendo siempre más puede ser estupendo como ambición y motivación, pero no nos proporcionará felicidad. Cuando lo logremos, seguiremos queriendo más...
-Compaginar los placeres terrenales y carnales que conducen a una felicidad carpe diem, con la espiritualidad de una moral y conciencia satisfechas.- Creo -particularmente- que podemos sentirnos muy bien con nuestra psique y nuestra ética, al tiempo que saboreamos una copa de vino al lado de la pareja elegida.
-Ser amigos nuestros.- Vivimos buena parte de nuestra existencia enfrentándonos a nosotros mismos. El deseo frente a la culpa, el Ángel frente al Demonio interior, lo aconsejable frente a lo apetecible, lo que sabemos que debemos hacer contra lo que pensamos que queremos hacer... El reto, pues, estará en buscar lo que se debe y, además, que esto sea lo que nos apetezca.
¿Difícil? No tanto: miremos de nuevo con los ojos de la limerencia. Empleemos una nueva y lenta mirada. Lo veremos todo mucho más claro.
Sí... No... ¡No sé!

Lo opuesto al amor.

Hasta ese momento Emily había salido adelante gracias a su sentido del humor, sus bravuconadas y su aparente independencia, Pero de pronto empezará a tomar conciencia de su propio mundo: trabaja defendiendo valores que detesta; su jefe es insoportable; su octogenario abuelo, Jack, la persona a quien más quiere en el mundo, está muy mal de salud, mientras que su padre sigue siendo emocionalmente distante. Y el recuerdo de su madre muerta constituye una advertencia de que el amor no dura para siempre. Emily es una heroína con la que se identificará de inmediato todo aquel que haya amado, perdido y vuelto a amar.


